La propuesta es arriesgada: Olga Simón es consciente de haber tomado como motivo de reflexión una experiencia próxima, pero también de haber elegido el lenguaje del arte para presentarla, lo que le lleva a introducir cierta distancia, a enfriar el lado emocional, a medir la escala de cada imagen, el ritmo y la manera como las muestra al espectador. Como conjunto, transmite un misterioso y secreto fluir, una acción que se reitera, que avanza y retrocede, que estalla y se relaja, dejando a su paso una serie de imágenes que son pensamientos atrapados, sentimientos a punto de hacerse físicos, de cambiar de estado.
Desnudas de artificio, de densidad, convertidas en bloques de hielo, en imágenes encapsuladas, las emociones conforman un jardín polar, un puzzle que podemos reinventar en cada momento. Como un relato infinito: un recuerdo evocado en imágenes, convertido en paisaje misterioso, oculto, interior.
Miguel Fernández-Cid