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A veces creo ver a la ESCULTURA escrita con mayúsculas como una práctica agonizante. Su larga historia, la duración de los materiales con los que se ha manifestado nos ha legado un amplísimo testimonio que en la actualidad condiciona enormemente su evolución. Como escultor no puedo eludir esta realidad que en ocasiones ejerce un gran peso y hace que me plantee el proceso creativo con cautela. Sin embargo, es emocionante acercarse a los límites. El agonizante no se ha ido pero ya no está aquí, su mirada es misteriosa y nos puede hacer intuir o imaginar lo que pasa por su cabeza. Estado de trascendencia.
¿Cómo dotar a las esculturas de ese poder indescriptible que nos transmiten las grandes obras de arte?, y pienso en Venus, amor y tiempo de Bronzino, el San Marcos de Donatello, la Piedad Rondanini de Miguel Ángel, o la novia judía de Rembrandt. Cuestión de conocimiento, aislamiento, sinceridad y pasión.
Hay que dibujar pensando en el problema escultórico. ¿Dónde estamos?, ¿Hacia donde queremos ir?. El dibujo como vehículo conformador de la obra. Autoanálisis, visión y reflexión.
De momento nada, pero debemos estar al acecho, en cual-
quier momento puede aparecer la presa. Orden, papel a mano y lápices afilados.
Lo sencillo y lo humilde es lo mas difícil de conseguir.